La música en los conservatorios… ¿es música?

El presente artículo es prácticamente una mera traslación a la música en los conservatorios del diagnóstico de la filosofía universitaria por parte del filósofo Gustavo Bueno, y de las implicaciones de la idea de Cultura que él mismo ha señalado.

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En los conservatorios ya no se hace música. Se estudia música. Los conservatorios son el único lugar donde se conserva, se preserva y se perpetúa una tradición musical, a la que sólo se van incorporando tendencias una vez pasados al menos cincuenta años de su aparición (es decir, cuando ya no son tendencia). Igualmente, también se van incorporando tendencias anteriores al grueso del repertorio, por medio de una labor más propia de la antropología que de la práctica espontánea de la música. Me refiero a la corriente de la interpretación con instrumentos de época, que no solo ha reconstruido instrumentos en desuso sino también la manera de tocarlos (articulación, expresión, etc.). En cualquier caso, la desconexión total con la realidad actual de la sociedad se ha convertido en condición sine qua non para que cualquier tipo de música sea practicada o estudiada en un conservatorio.

La música, para ser música verdadera, ha de estar inspirada en el presente. En el presente del estado anímico del músico, o en su entorno, o en lo que su entorno le sugiere o le inspira. Sin esa referencia al presente, la música se convierte en una pieza de museo. En los conservatorios ni siquiera se practica la música por el mero hecho de realizarla, ni tampoco para conseguir un efecto determinado, ya sea anímico o intelectual, en el oyente. La realidad es que en los conservatorios la música se ha engolfado, se ha encapsulado en mera técnica o en una labor antropológica similar a la hermenéutica. Los profesores de conservatorio (sin perjuicio de su mayor o menor competencia, naturalmente) se limitan a transmitir su visión de la forma de interpretar una determinada pieza (o de componerla) conforme al estilo que les transmitió tal o cual maestro, a los cuales se los transmitió a su vez un maestro u otro. Es decir, han perdido todo anclaje con el presente. Con el entorno del músico, como decíamos anteriormente. Como consecuencia de ello, la música que realizan carece de fuerza: puede resultar agradable, pero resulta irrelevante por cuanto no conecta con el sentir o el pensar del ser humano de hoy día, ya que él sí vive en el presente y está conectado con él. Ni siquiera puede decirse que sea música per se, ya que al renegar del presente no puede reproducir aspectos intelectuales o anímicos actuales.

También es ridícula la estructuración de la enseñanza en los conservatorios. Pensar que alguien pueda ser profesor de Armonía, porque es un especialista… ¿Y por qué es un especialista? ¿Porque habrá leído muchos libros de armonía y habrá realizado muchos ejercicios armónicos? Pues muy bien, pero cuanto más sepa de armonía, menos sabrá de todo lo demás, y en definitiva menos sabrá de armonía, puesto que la armonía no esá separada de los demás aspectos de la música. Es imposible ser especialista de nada. Igualmente ocurre con la separación entre composición e interpretación, de la que mucho se puede hablar. Un síntoma de esta desconexión con el presente es la especialización cada vez más extrema (consúltese el aumento progresivo y acelerado del número de «asignaturas» cada vez más numerosas y variadas del currículum de los conservatorios). Pero también lo es la desaparición de la práctica de la improvisación. ¿Por qué no se improvisa? Ya he hablado de la improvisación, y de su ausencia, en otros textos. Los músicos han sido tradicionalmente tanto intérpretes como compositores, e improvisadores. Desde el Barroco, pasando por el Clasicismo y el Romanticismo hasta, por ejemplo, el propio Isaac Albéniz, una gran parte de los principales compositores instrumentistas destacaban por sus improvisaciones.

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¿Cómo es que ya no se improvisa? No se improvisa ni en el conservatorio, ni fuera de él. Excepción hecha de algunas asignaturas que suelen llamarse «repentización», «lectura a primera vista», o incluso propiamente «improvisación», en las que, curiosamente, cuando se improvisa se hace exclusivamente en estilos bastante más modernos (como el jazz) y de forma por lo general muy mediocre, pero casi nunca con los mismos patrones estilísticos del repertorio que se trabaja en todas las demás asignaturas. ¿Cómo es que nadie improvisa las cadencias de los conciertos para solista y orquesta, o de muchas sonatas? La razón de ello, a mi modo de ver, es que en la improvisación el músico es incapaz de filtrar sus emociones y su inteligencia para adecuarlas perfectamente a un estilo del pasado (compuesto en una época y un lugar distintos, en una sociedad distinta). El músico vive hoy, en el mundo de hoy, y escucha no solo música clásica sino cualquier otro tipo de música. Basta pasear por la calle o entrar al supermercado para ser invadido por ella. Pero, además, también escucha ruidos, sonidos y ritmos propios de su tiempo. Y también huele los olores de su tiempo y su lugar. Y también ve lo que le rodea hoy, y no lo que había allí cien años antes. ¿Cómo va a ser capaz de expresar lo que lleva dentro y las impresiones de sus sentidos utilizando un código de hace varios siglos? Es cierto que para que la música (o cualquier otro arte) sea inteligible y significativa ha de tener un código desdifrable al menos en parte por músico y oyente. Es decir, ha de pertenecer, o derivar, de una tradición. Pero si ese código fuera útil, entonces también serviría para improvisar. Y sin embargo, salvo honrosísimas excepciones, no lo es. Pues bien, en vez de observar esta contradicción e intentar comprenderla, hoy se ha preferido sencillamente extirpar la improvisación de los conservatorios. Semejante incongruencia debería bastar para que a más de uno le saltaran todas las alarmas.

Fuera del conservatorio, la producción de la música allí aprendida solo se sostiene por la idea moderna de Cultura (con mayúscula), de la que el filósofo Gustavo Bueno ha hablado con la máxima claridad y contundencia en la obra El mito de la cultura (1). Un mito que el propio Gustavo Bueno califica de oscurantista y confusionario. Transcribo a continuación un pasaje de una larga entrevista (2) al profesor Bueno.

GUSTAVO BUENO: No me refiero a la cultura en el sentido tradicional, la cultura animae de Cicerón, la cultura del alma; es decir, la cultura en el sentido subjetivo, que tiene que ver con la crianza […]. Una persona culta, una persona cultivada; es una metáfora tomada del campo: viticultura, agrigultura […], por la que uno se cultiva a sí mismo. La Cultura objetiva es una idea completamente moderna incubada en las universidades alemanas. Es un concepto que aparece en el siglo XVIII por razones muy complejas, y que empieza a ocupar un espacio en el conjunto del mapa mundi sorprendente, que es lo que a mí me llamó la atención. Porque la Cultura objetiva ya no es algo que está en nosotros, sino nosotros en ella. La Cultura nos hace, nos moldea. Esa Cultura objetiva, ¿de dónde sale? Es decir, cómo esa idea nueva, que hace su primera aparición seguramente en la obra de Herder, Fichte… pero sobre todo en público es Bismarck, el Kulturkauf, la lucha por la cultura… Y entonces pasa a las instituciones: en el artículo 44 de la Constitución Española lo dice bien claro, «todos los españoles tendrán acceso a la cultura». Yo alguna vez les he preguntado a los padres de la Constitución a qué cultura se referían: a la cultura turca, a la cultura maya, o a qué cultura… porque no sabíamos a qué cultura se refieren.

Es decir, la idea de Cultura es una idea abstracta, que yo mantengo la hipótesis de que es una secularización del Reino de la Gracia.

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ: Eso te iba a decir. Tú la comparas a lo que fue el mito de la Gracia en la Edad Media, o a lo que ha sido el mito de la raza en la primera mitad del siglo XX.

GUSTAVO BUENO: Más que compararlas, intento ponerlas en relación embriológica. Es decir, el embrión, la crisálida de la idea de Cultura es el Reino de la Gracia. Las relaciones que tiene la Gracia con la naturaleza son las que tiene la Cultura con la naturaleza, precisamente, ahora. Entonces, la cultura se convierte en un mito. Para los alemanes, la cultura era cultura alemana. La cultura empieza a ser el equivalente del espíritu, de algo supremo, y con el nombre de cultura empiezan a dignificarse cosas que son indignas.

FERNANDO  SÁNCHEZ DRAGÓ: Pero la idea de la Gracia surge para diferenciar a los seres humanos de los animales. Los animales no tenían Gracia, los seres humanos sí, luego estábamos en un escalón superior. Entonces, si funciona de la misma manera la idea de Cultura, ¿respecto a quién creemos ser superiores, respecto a otras culturas, a otros pueblos? ¿Ahí está el germen del nacionalismo?

GUSTAVO BUENO: Sí, sí. Esa es la tesis de Fichte. Fichte es el que se inventa la idea de estado de cultura. Las ideas de estado de derecho, de estado gendarme, de estado de libertad, etc., estas ideas Fichte las estudia, las analiza y propone el estado de cultura. Un estado solamente se justifica como tal cuando tiene por objeto desarrollar el patrimonio cultural de un pueblo. Ese pueblo tiene la cultura por una inspiración del espíritu, del Volkgeist, que ya no es el Espíritu Santo, pero es una secularización, es el espíritu del pueblo en una palabra, pero al modo germánico entendido. Entonces la Cultura se convierte en la justificación de un nacionalismo en donde, al parecer, la cultura del pueblo brota de ese pueblo. Es toda la historia de la cultura que se ha escrito todo el siglo XIX y el XX, como si los alemanes hubieran sido los que de su seno han producido a Bach y a Beethoven, o a Leibniz, cuando Bach sería imposible sin la música italiana y sin la polifonía española, cuando Leibniz sería imposible sin Suárez y sin Santo Tomás… Es decir, como si la cultura europea más reciente fuese producto de las diferentes naciones, cuando es una cultura que viene de antaño, de antes, y en la cual todos hemos participado.

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ: Tú has dicho, en otras palabras, que éste es un libro –El mito de la Cultura– escrito para arrimar el hombro en la tarea de demoler el último gran mito del milenio. ¿Tú crees que todos los mitos son malos? ¿No hay mitos positivos, no hay algunos que deben ser respetados?

GUSTAVO BUENO: Aristóteles dice precisamente que el filósofo, sobre todo cuando se hace viejo, es amante de los mitos, dice, porque le gusta lo maravilloso. Yo ahí distingo precisamente unos mitos oscurantistas de otros muchos que no lo son. El fundador de la filosofía (por lo menos en nuestra opinión), que es Platón, es el creador de los mitos más influyentes de toda nuestra tradición. Uno de los mitos que vertebran la tradición es el mito de la caverna. Es imposible entender prácticamente toda nuestra cultura occidental, incluso incluido el Quijote, sin el mito de la caverna. E incluso la televisión y el cine. La televisión es el mito de la caverna, literalmente.

[…]

Uno de los grandes peligros del mito de la Cultura es que sirve para dignificar lo que es dignificado por ello. Es decir, si se escribe ahora una historia del teatro de la ópera en Oviedo, no se le llamará «Historia del Teatro de la ópera en Oviedo», porque eso no interesaría a nadie, ni darían subvenciones para esto. Pero si se dice «Historia de la cultura operística en Oviedo», entonces inmediatamente sí. Yo cuento una anécdota, presenciada por mí, de un alcalde del norte -no digo cuál, no era de Oviedo- que contrató una orquesta inglesa y que se gastó cinco o seis millones en ella. Cuando le acosaron al alcalde los periodistas para ver cómo se había gastado ese dineral en un concierto, al hombre acorralado se le ocurrió decir: «¡Es que es cultura, es que es cultura, es un hecho cultural!». Y los periodistas dijeron: «¡Ay, es verdad, no nos habíamos dado cuenta!». Y entonces ya queda todo justificado, por ser un hecho cultural.

Pues bien, como decía anteriormente, lo único que sostiene la producción de la «música de conservatorio» fuera del propio conservatorio es esta idea de Cultura. Los conciertos de música clásica, con escasísimas excepciones, solo se mantienen por medio de subvenciones, y con una modesta aportación directa, para nada suficiente, de un grupo de personas que pagan una entrada a cambio de cultura, pero a las que sin esa autoconvicción de estar «recibiendo cultura» no les merecería la pena acudir a ellos. El público de los grandes conciertos no sirve realmente para costearlos, sino para justificar la subvención. Si los ciudadanos se vieran obligados a costear los conciertos de música clásica con dinero de su propio bolsillo directamente y no a través de los impuestos, es posible que hubiesen desaparecido ya prácticamente todas las orquestas de España, si no todas; y desde luego de ninguna manera pagarían sueldo, viajes, alojamiento y dietas a una orquesta de Inglaterra (o de otro continente), junto con los gastos de construcción y mantenimiento, y sueldos de empleados y directivos, de la sala de conciertos en cuestión.

Dada la desconexión con el presente del repertorio de conservatorio, los músicos se ven obligados, para desarrollar una carrera profesional, a practicar una especie de ceguera voluntaria. Deciden no querer ver la distancia con respecto a la realidad del sentir y el pensar del público (del ser humano del presente y su entorno), centrándose completamente en el repertorio de música que ejecutan. Prefieren no enterarse de la insuficiencia de la música que tocan respecto a la realidad de lo que llevan dentro, en contínua relación con lo que les rodea. Podría decirse que «echan toda la carne en el asador» cuando preparan y cuando interpretan un concierto, puede decirse que se entregan completamente en cuerpo y alma, y en efecto así es, pero al mismo tiempo deciden también de forma voluntaria (aunque secretamente, íntimamente) ignorar la razón por la que la gran mayoría del público acude a escucharles, y la insatisfacción (o la muy superficial satisfacción) con la que la mayoría de ese público se marcha después del concierto. Y, sobre todo, deciden ignorar ciegamente la parte de ellos mismos -esencial o circunstancial- que también se dejan fuera. Es decir, en cierto modo los mantiene una actitud parecida a la que mantiene activo a un atleta, a un deportista o a un científico que dedique cuarenta años a estudiar los caracoles para descubrir alguna cosa sin conseguirlo.

El ser humano y nuestro entorno tampoco han cambiado tanto desde la época de Beethoven, Bach, Donizetti o Debussy, y es cierto que produce placer aquella música, a veces un placer casi orgásmico. Sin embargo, hay muchas cosas que no cuadran. A mí me daría pena que los conservatorios desaparecieran, realmente disfruto tocando y escuchando esta música que he aprendido allí. Sin embargo, ese placer efímero e inconstante convive con una sensación creciente de vacío que me invade en las temporadas en que cierro los ojos y ejerzo profesionalemente de músico, y convive también con otras emociones bastante menos refinadas que las que transmite esta música. Al cabo, resulta un tanto ridículo empeñarse en tocar a Couperin o a Chopin desde el salón de mi casa, rodeado de un estruendo de coches, camiones, sirenas, la música o las conversaciones estúpidas y los exabruptos de viandantes (pijos, obreros, marujas, canis, chonis, puteros, depresivos…), rodeado también de los olores a pis, mierda, vómito, humo, fábricas, fritanga, horribles perfumes, y rodeado de asfalto, muchedumbre y porquería…

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La música en los conservatorios, resumiendo, ya no es música. Si se prefiere, ya no es música viva. Pero un ser humano muerto, ¿es un ser humano? Un cadáver, ¿es un ser humano? Incluso aunque pensemos que sí, que lo sigue siendo, aun sí ¿qué sentido tiene vivir con un cadáver? ¿Qué sentido tiene, pues, la música cadáver?

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(1) Gustavo Bueno, El mito de la cultura. (Editorial Prensa Ibérica, 1996).

(2) Entrevista de Fernando Sánchez Dragó a Gustavo Bueno en el programa Negro sobre blanco de TVE. Finales de los años noventa. https://www.youtube.com/watch?v=fIag9HzPwE0

 

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Concierto de Rubén Lorenzo

Este viernes 19 de diciembre a las 20 horas, concierto de mi antiguo profesor y gran pianista Rubén Lorenzo, en el Real Seminario de San Carlos de Zaragoza (Plaza de San Carlos n.5).

En el programa, la Suite Española de Isaac Albéniz (para mi gusto, una de las obras más preciosas de la literatura española para piano); dos obras contemporáneas (estreno en España) y las Danzas Fantásticas Op. 22 de Joaquín Turina.

¡Entrada gratuita! ¿Se puede pedir más?

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«Pornographie» de Simon Stephens, en el Théâtre de Poche

Del 9 de septiembre al 4 de octubre, en el Théâtre de Poche de Bruselas.

Plantilla:

Traduction de Séverine Magois

Mise en scène de Olivier Coyette

Assisté de Hervé Guerrisi

Avec Frédéric Ghesquière, Anabel Lopez, Flavia Papadaniel, Jérémie Petrus, Nicole Valberget Benoît Van Dorslaer

Pianiste Tomas Basavilbaso

Conception et création sonore Vincent Cahay

Lumières Olivier Coyette

Assisté de Julien Legros

Scénographie Fabien Teigné

Costumes Carine Duarte

Assisté de Marion Savary

Stagiaire Santiago Ureel

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Más información: http://poche.be/saison1415/pornographie/index.html

 

Los ensayos han comenzado ya, en el Théâtre de Poche, uno de los principales teatros de Bruselas, con más de 60 años de historia. Entre actores y dramaturgos excelentes he pasado estos cuatro días de ensayo, hablando, tocando el piano, escuchando, ensayando… Serán cuatro semanas más de ensayos y, después, unas 20 ó 30 representaciones públicas. Entre muchos elementos, a destacar la dirección de Olivier Coyette, con quien he trabajado ya en dos ocasiones, y el decorado de Fabien Teigné.

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En torno al tango y la música hispanoamericana

Concierto de canto y piano a cargo de David del Barrio y Tomás Basavilbaso, dentro de la XXI edición del ciclo de Música en el Museo del Foro Romano de Zaragoza. Viernes 25 de julio de 2014 a las 19:30 horas, Museo del Foro Romano de Zaragoza.

foto tango IICon «EN TORNO AL TANGO Y LA MÚSICA HISPANOAMERICANA», el cantante David del Barrio (Zaragoza, 1983) y el pianista Tomás Basavilbaso (Luarca, 1982) nos traen los ritmos y la emoción de Hispanoamérica, entremezclados con algunas piezas españolas de inspiración americana y, también, probablemente, algo de improvisación… Dos músicos de trayectorias muy diferentes (música popular y música clásica, respectivamente) se han puesto de acuerdo para explotar las posibilidades expresivas del punto de encuentro entre ambos mundos musicales, con la intención de ofrecer una música viva, intensa y cautivadora.

 

PROGRAMA

Cuesta abajo (Carlos Gardel)
• Tango, Argentina

Concierto en la Llanura (Juan Vicente Torrealba)
• Pasaje, Venezuela

Habanera (Ernesto Halffter)

Samba dorada (Domingo Belled)

Fallaste, Corazón (Pedro Infante)
• México

Contigo aprendí (Armando Manzanero)
• México

La Barquera (Domingo Belled)
• Tango

La Carioca (Domingo Belled)
• Rumba

Amanecí otra vez (José Alfredo)
• México

La hiedra (Los Panchos)
• México-Puerto Rico

Cambalache (Enrique Santos Discépolo)
• Tango, Argentina

Por una cabeza (Carlos Gardel)
• Tango, Argentina

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Gustavo Bueno sobre la idea de cultura.

Copio aquí una entrevista realizada por Gabriel Albiac a Gustavo Bueno a finales de los años 90, con motivo de la publicaciónd e su libro «El mito de la cultura». Curiosamente habla de la «música culta», que para mí es casi lo mismo que decir «música clásica».

Pregunta.- El lector que no te haya seguido a lo largo de estos años puede sentirse sorprendido por esa fórmula de Epicuro que reivindicas hacia el final de tu último libro, El mito de la Cultura: «Toma tu barco y huye, hombre feliz, a vela desplegada, de cualquier forma de cultura».

Respuesta.- Epicuro está enarbolando ahí una bandera que podría ser transplantada a nuestro tiempo. Su propuesta funciona como un manifiesto contracultural, frente a la cultura esclavista y corrompida del helenismo. El paralelo con lo que sucede en nuestra cultura capitalista es tentador. Recuerda la fórmula de Lucrecio: «Es dulce, cuando sobre el vasto mar los vientos revuelven las olas, contemplar desde tierra el penoso trabajo de otro». Si ves ese «mar revuelto» como el turbio trasiego de la cultura política –frente a la cual «nada hay más dulce que ocupar los excelsos templos serenos que la doctrina de los sabios erige en las cumbres seguras»–, puedes calibrar toda la entidad y actualidad del materialismo epicúreo.

P.- Epicuro te habrá servido, así, para cimentar una de las tesis básicas de tu libro; la que tú formulas al denunciar «el ideal de la cultura como la forma actual del opio del pueblo», muy en especial bajo las mitologías de la «cultura nacional».

R.- He querido condensar en esa tesis mi análisis de la constitución de las nacionalidades, a partir del romanticismo, bajo la metáfora de un ilusorio «pueblo de Dios». En tanto que generadoras de «cultura», esas entidades nacionales –que se forjaban como Estado-nación– pasaban a presentarse como las herederas de la función social de la Gracia Divina. Y ello, por supuesto, al servicio de la dominación de una minoría gobernante cuyo poder quedaba así legitimado. Las nacionalidades son invenciones modernas que pretenden arrogarse el ser las fuentes espontáneas y genuinas de esa floración espiritual a la cual llaman cultura. Y que ésta justifica, eleva y santifica a todos cuantos aceptan vivir bajo su bandera.

P.- Tú procedes en este libro a trazar una arqueología bastante aterradora de la continuidad que, en el uso del concepto de «Kultur», va desde el idealismo clásico alemán hasta el nazismo.

R.- ¡El idealismo alemán es un fenómeno tan extraño! Nos hemos habituado de tal modo a él que ya ni nos damos cuenta de su extrañeza. En primer lugar, se trata de una transformación del cristianismo. Mi hipótesis es que es ese espiritualismo del demiurgo creador que pone en el mundo lo que, al secularizarse, da origen a la idea de «Volkgeist» (espíritu de un pueblo) y de nacionalidad. Y, con ella, a ese delirio de la «purificación» del espíritu y de la lengua alemanes, de la pureza germánica, que está en Krause, que está en Heidegger. Pero que viene del Fichte que escribe: «Sois vosotros, alemanes, quienes poseéis, más nítidamente que el resto de los pueblos, el germen de la perfectibilidad humana y a quienes corresponde encabezar el desarrollo de la humanidad; si vosotros decaéis, la humanidad entera decaerá con vosotros, sin esperanza de restauración futura».

P.- Esa ideología de la pureza alemana sería la esencia misma del nazismo.

R.- Pues claro. Y fíjate que lo gracioso de toda esa jerga romántica de la pureza germánica es que reposa sobre una lengua técnica absolutamente cargada de latinismos. Si le quitas el latín, lo que queda es poco más que una lengua bárbara.

P.- Te recuerdo un pasaje de tu libro: «Fácilmente podían entender los nazis que la «Iucha por la cultura» de Bismarck era la lucha del pueblo más culto de la tierra, el pueblo alemán, lucha cuyo último objetivo sería elevar a la Humanidad a la condición de discípula de la cultura alemana o, por lo menos, de servidora suya».

R.- Hombre, es que si hay algo claro es que la mistificación de la «Kultur» es parte de ese proyecto que el nazismo culmina. Tal vez sea consolador querer creer que el nazismo era la anticultura, pero es exactamente al revés. Es el proyecto de una cultura que se considera a sí misma pura y superior, lo que justifica cualquier exterminio.

P.- «La idea moderna de un Reino de la Cultura», escribes, «es una transformación secularizada del Reino de la Gracia». Es una tesis crucial que hace saltar buena parte de los tópicos del pensar burgués.

R.- En efecto, no se trata sólo de una tesis histórica o arqueológica. Es sobre todo funcional. Mi hipótesis es que, en las sociedades europeas actuales, la cultura tiene un funcionamiento idéntico al que tenía la Gracia en el siglo XVII. Ese reino de la Gracia –o de la Cultura– sería el que uniría por encima de diferencias o conflictos en un sentido trascendente. Cuando ves a la gente hacer cola para entrar al museo del Prado, te das cuenta de que entran ahí con la misma complacencia de salvación, de comunión de los fieles con que podían hacerlo los creyentes en una iglesia. Toma el caso del concierto sobre las cenizas del Liceo. No cabe una sacralización litúrgica más descarada. Allí, cantando ópera y con la ministra lagrimeando. O piensa en toda esa gente que habla de «música culta» –¡qué disparate!–. Se sienten la mar de complacidos diferenciándose así de los demás. O ese público de los conciertos de ópera, con sus galas nuevas y su liturgia de clase ascendente supuestamente exquisita. Me gusta verlos como lo haría un entomólogo. Son muy graciosos.

P.- En el caso español, ese papanatismo ante «la Cultura» ha sido desmesurado, ¿verdad?

R.- Así es. Y yo creo que es algo ligado a una tradición católica, como la española, esencialmente analfabeta. Se trata de edificar un recurso «visual» que legitime la absoluta ausencia de lectura. Es una cultura esencialmente icónica, carente de la menor capacidad para la abstracción. Algo que no va más allá de un desarrollo intelectual de nivel infantil. Un infantilismo que, al mismo tiempo, gratifica a quien lo ejerce haciéndole estar convencido de participar en una identidad trascendente. Como te decía, es exactamente el mismo funcionamiento de la religión.

P.- Vuelvo al punto de arranque. ¿Cómo acometer la propuesta epicúrea de levar anclas y desplegar las velas para huir de la cultura y ser un hombre libre?

R.- Destruyendo… Sí, destruyendo.

Adjunto un vídeo suyo posterior sobre esto mismo:
http://www.youtube.com/watch?v=C5VnHBsxLNA

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La improvisación en la música clasica

Hasta la Primera Guerra Mundial la cantidad de conciertos privados seguía siendo mayor que la de conciertos públicos. Las grandes salas de conciertos eran algo excepcional durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Es significativo que esta proporción de conciertos públicos y privados se invirtiera solo cuando los grandes periodos de la música clásica habían prácticamente terminado. Es decir, el formato en el que se nos presenta hoy este repertorio dista mucho de cómo era antes.

Con la oficialización de los conciertos, vino la fijación de los programas que se interpretaban y, por el camino, se perdió un elemento que había sido omnipresente: la improvisación. Es sabido, por muchas cartas y otros testimonios, que los grandes compositores eran, además, grandes improvisadores.

Se conservan partituras de algunas piezas que fueron, en realidad, improvisaciones que el compositor decidió escribir. Es el caso de las Fantasías de Mozart. Al estudiar estas partituras podemos darnos cuenta de que no alcanzan la calidad compositiva de las piezas más trabajadas. Sin embargo, tienen una espontaneidad, una naturalidad, una osadía particular. En sus modulaciones, giros y recursos expresivos, así como en el sentido global, se aprecia la sabiduría y genialidad del compositor.

Hoy día no nos atrevemos a improvisar, sabedores de que la calidad »compositiva» de la improvisación estaría muy por debajo del gran repertorio. Sin embargo, siempre lo estuvo: una cosa es componer, otra es improvisar y, aún así, la improvisación era constante, casi omnipresente en las épocas gloriosas de la música clásica.

Para entender la desviación general de la forma en que hoy se entiende y se interpreta esta música, puede servir el ejemplo de los movimientos lentos de las sonatas para piano de Mozart. Este compositor, considerado casi unánimemente como el más canónico y perfecto, no usaba en sus conciertos como partitura más que un borrador escrito de su propio puño. En estos borradores, que se conservan en distintas bibliotecas del mundo, el tema principal solo aparece escrito una vez, y cuando reaparece a lo largo del movimiento el compositor se limita a indicar algo como »aquí vuelven a sonar los 16 compases del tema principal». Sin embargo, en las ediciones oficiales de la época, este tema principal aparecía escrito con una serie de variaciones y adornos de forma que no sonara exactamente igual que la primera vez. Hoy día la fidelidad a la partitura se ha convertido en una obsesión, pero es por pura ignorancia. Las ediciones de la época estaban diseñadas para músicos amateurs, cuya destreza digital no era en muchos casos inferior a la de los músicos savants, pero que no poseían la musicalidad necesaria para improvisar o variar la melodía a su antojo. El propio Mozart expresaba en una carta, al enviarle la versión primaria a una pianista aficionada, que él variaba la melodía de la forma que se le ocurría en el momento cuando estaba tocando. Se disculpaba de no enviarle todavía la versión »realizada» de la partitura.

En aquella época no existía todavía el concepto del virtuosismo al piano como ha llegado a nuestros días, desarrollado más bien en la segunda mitad del siglo XIX. En lo que respecta a la interpretación, la diferencia entre un amateur y un savant, entre un aficionado y un maestro, no era la agilidad, sino la musicalidad y la capacidad para improvisar y adornar la música en el momento de ejecutarla.

Desde aquí hacemos un llamamiento a explorar la improvisación, dejando de lado el hecho de que la calidad compositiva nunca será (ni fue) la misma que la de las obras compuestas sobre el papel. En nuestros conciertos hemos empezado a improvisar, alternando con las piezas clásicas, con gran éxito y aprecio por parte del público.

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Pequeña reflexión de Athanasius Kircher sobre la Teoría y la Práctica en la Música

athanasius kircherEn todas las artes y las ciencias, la Praxis y la Teoría forman una conjunción, en la que si una de ellas se ve desprovista de la otra pierde todo mérito. Ni la praxis obtiene crédito sin la teoría, ni la teoría sola, que puede resultar útil algunas veces, puede sin la praxis encontrar un lugar importante en la facultad musical. Y aunque pueda decirse que la Teoría de la Música dedicada exlusivamente al amor a la verdad consigue en cierto modo su finalidad, es decir su propio deleite, sin embargo no es posible de ninguna manera que si el músico se ve desprovisto de toda praxis alcance dignidad en dicha facultad musical.

Extraído del prefacio al segundo tomo de la obra monumental «Musurgia universalis sive Ars Magna consoni et dissonni», de 1650.

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El Piano Romántico – Recital de Pauline Oreins y Tomás Basavilbaso

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El Piano Romántico

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 Los pianistas Pauline Oreins y Tomás Basavilbaso interpretarán varias obras de cuatro compositores del Romanticismo.

 Programa

Parte I

 Sonata en la menor no.14, D784                     Franz Schubert

Nocturno en do menor op.48 no.1                 Frédéric Chopin

Parte II

 Fantaisía en do menor op.17                       Robert Schumann

Sonetto 104 del Petrarca                                         Franz Liszt

Sábado 11 de enero de 2013, a las 20h

 Atelier Marcel Hastir
51 Rue du Commerce
Bruxelles

Después del concierto se ofrecerá una pequeña recepción en compañía de los artistas.

Información y reservas: tomasbasavilbaso@hotmail.com  (+32) 488358907

Precio de entrada: 12 euros

 

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Recital de piano en el auditorio de Zaragoza, 11 de octubre de 2013 a las 19.30

http://www.auditoriozaragoza.com/ConciertosVisualizacion.aspx?id=1202

PROGRAMA

PARTE I

Concierto italiano, BWV 971                                                 Johann Sebastian BACH

            (Sin indicación de tempo)

            Andante

            Presto


Fantasía en do menor, KV 475                                      Wolfgang Amadeus MOZART

            Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Primo tempo


PARTE II

Fantasía en do mayor, op. 17                                                         Robert SCHUMANN

            Durchaus phantastisch und leidenschaftlich vorzutragen


Suite Española op. 47                                                                              Isaac ALBÉNIZ

            Granada
Cádiz
Aragón

 “Albaicín” de la Suite Iberia                                                                    Isaac ALBÉNIZ

NOTAS AL PROGRAMA

Concerto italiano, BWV 971 de Johann Sebastian Bach

Canaletto_(II)_021El Concierto Italiano, publicado en 1731 como Concerto nach dem Italienischem Gusto (Concierto a la manera o el gusto italiano), es una de las piezas para piano más populares de Bach. Fue compuesta para clavicordio de dos teclados, por medio de los cuales Johann Sebastian Bach consigue imitar el estilo cantante de las obras italianas de la época. Puede distinguirse fácilmente esta estructura de pequeña orquesta de cuerda barroca. Pero Bach no se limita a imitar superficialmente el estilo italiano: se trata de una obra compuesta enteramente en estilo italiano, donde los claroscuros, los juegos de luz, el diseño, el ritmo… evocan perfectamente la luz y la cálida frescura, si se me permite la expresión, del mediterráneo, que podemos apreciar en obras de Vivaldi u otros compositores. Bach no llegó a viajar Italia, pero su interés y su gusto por la música que allí se hacía es evidente, y en este sentido esta obra así como alguna cantata que compuso en italiano, nos muestran un Bach distinto de aquel más serio, germano, protestante y profundamente religioso al que estamos más acostumbrados.

 

Fantasía en do menor, KV 475 de Wolfgang Amadeus Mozart

Bach Federico II GrandeEsta fantasía fue publicada junto con la sonata en do menor KV 475, en 1782. Es muy posible que Mozart improvisara no solo las cadencias de sus conciertos para piano, sino también otras piezas, preludios o fantasías. De hecho, se sabe que en los movimientos lentos no solía escribir, de entrada, variación alguna sobre el tema principal. Los músicos savants o connaisseurs no lo precisaban; el propio Mozart explicaba que él mismo improvisaba y que para adornar el tema principal cada vez que aparecía en el transcurso de una sonata tocaba “lo primero que se le ocurría”. Sin embargo, para los amateurs, aunque podían tener una destreza remarcable y no necesariamente menor que la de los grandes músicos, editó las cadencias de sus conciertos y todos estos detalles. En aquella época el concepto del músico virtuoso de habilidad casi sobrehumana no había surgido: la diferencia principal entre los amateurs y los savants estaba en la comprensión, en una musicalidad profunda y natural. Así, esta fantasía que Mozart sí quiso escribir nos acerca a lo que serían los conciertos de aquella época, mucho menos rígida de lo que hemos acabado pensando, sino libre, fantástica y fluida en lo que a música se refiere.

 

Fantasía en do mayor, op. 17 de Robert Schumann

ClaraLa indicación Durchaus fantastisch und leidenschaftlich vorzutragen viene a significar “fantástico y lleno de emoción hasta el final”. El primer movimiento de esta fantasía lo compuso Schumann en la época en la que debía separarse de Clara Wieck, de la que estaba enamorado. Clara era apenas una niña entonces y el padre de esta se oponía tajantemente a un posible enlace con Schumann. Más tarde, no obstante, Clara se convertiría en una pianista concertista reputada y se casaría con Schumann. Se trata, pues, de una pieza (como en general la obra de Schumann) atormentada, hasta cierto punto sin esperanza, pero no está exenta de una claridad genuina que se encuentra más allá del conflicto, especialmente en el comienzo de la obra y cada vez que aparece el motivo principal, de una fuerza y una pureza extraordinarias. En opinión del intérprete, refleja con toda exactitud el desbordante sentimiento amoroso de Schumann y constituye una de las piezas más bellas del compositor. Los movimientos segundo y tercero los añadió más tarde, publicando el conjunto como una fantasía, pero el primer movimiento tiene en sí mismo suficiente entidad como para presentarlo independientemente.

“Granada” y “Albaicín” de Isaac Albéniz

GranadaAlbéniz transmite perfectamente la mezcla de suavidad y carácter, luminosidad y sombra, fiesta y lirismo, alegría y tristeza que evoca la ciudad de Granada. El barrio del Albaicín, sobre una colina en frente de la Alhambra, al otro lado del río Darro, tiene un carácter y una fuerza especiales, que se alternan con la suavidad de la noche, cuando el aire se embriaga de perfume de jazmín.
”Cádiz”

También es muy especial el ritmo lánguido y agradable, acorde con la cálida, húmeda y maravillosa ciudad de Cádiz. También aquí el piano imita el expresivo rasgueo de la guitarra.

”Aragón”

Una fantasía con ritmo de jota, o una jota fantástica, con una copla y unas variaciones muy imaginativas y evocadoras del carácter regio e intenso de nuestra amada región, con mucho color y sentimiento arraigado.

Notas al programa escritas por el intérprete.

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Sobre el corazón en la música

Diríase que el punto de vista enciclopédico del siglo XVIII sigue reinando todavía y con no poca autoridad. Este concepto se fundamenta en un error epistemológico, el de creer que se puede conocer una cosa sin ser esa misma cosa, de pensar que nuestra mente es capaz de comprender las cosas en sí mismas y desde fuera. Nuestra mente solo puede comprender el aspecto mental de la realidad. Es decir, solo puede comprenderse a sí misma, de la misma forma en que las emociones volutivas no pueden comprender que la parte volutiva de la realidad. El mundo funciona por simpatía.

monocordioEso es lo que representa el monocordio pitagórico. Cuando tocamos una cuerda a una altura cualquiera, todas las cuerdas afinadas en la misma nota vibrarán por simpatía, de forma que solo suena, en realidad, una sola nota. Igualmente, cuando analizamos la realidad con nuestra mente racional, lo único que hacemos es vibrar por simpatía en la nota racional, menta. Pero, claro está, la escala tiene muchas más notas. El ser humano tiene por tanto varios niveles, varias notas, de los cuales el más importante es el del corazón. En el nivel del corazón se produce un cruzamiento de los dos planos de la existencia, y por eso allí podemos realizar un salto para alcanzar la realidad total, y no limitarse a vibrar en una nota concreta sin más.

Para los antiguos, las ciencias y las artes no estaban tan separadas, puesto que ambas tenían como objetivo el alcanzar a Dios, el llevarnos hacia Dios. Toda disciplina que no tuviera este objetivo era considerada como menor, nunca como una verdadera ciencia. Hoy la pseudociencia oficial ignora completamente a Dios, no quiere saber nada, y ha olvidado el corazón. Ha decidido consagrarse a la ardua tarea de perseguir incansablemente un objetivo imposible: comprender todo con la mente. Igual que a un burro que sigue la zanahoria sin mirar hacia otro lado, jamás se le ocurre que, quizás, solo se esté analizando a sí misma eternamente.

SuperStock_1746-2711La música y las artes todavía están salvas, no del todo sanas, pero al menos salvas. Todavía se encuentran algunas perlas entre el barro: músicas, imágenes que vienen del corazón. «He querido dirigirme al corazón de las personas» dice el artista. «¿Desde dónde?» le preguntaría yo. Porque para dirigirse al corazón hay que partir del corazón. La búsqueda del músico es en sí mismo. Tiene que vibrar al nivel del corazón para poder alcanzar el corazón de los demás. Esto no es un acto voluntario, pues la voluntad se encuentra en el vientre. Al contrario, hay que vibrar a ese nivel cuando tocamos música, entonces los corazones de los que nos escuchan vibrarán por simpatía, como las cuerdas libres de un instrumento.

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